Campamento con los Peques en Correas

Relato de Marcela

Hay algo que descubrí en este grupo y es que cada uno tiene una razón por la que decidió salir a “pedalear acompañado”…

Como una costumbre, me metí en la página de la loma para ver cuál era la próxima propuesta para el fin de semana, y con sorpresa, me encontré con una que podía compartir con mis hijos: Agus y Catalina.

Si hay una razón para decidir incorporar a tu vida esta actividad apasionante que es el ciclismo, la mía está ligada a uno de mis hijos: Catalina. Cata “la dulce”, como le digo yo, tiene diabetes tipo 1 desde hace 2 años. No hace falta aclararles a los que son papás la impotencia que se siente frente a la enfermedad de un hijo, más aún si hablamos de una enfermedad crónica, que no tiene cura y que implica que tu hija deba inyectarse insulina 6 veces al día, como mínimo, y pincharse sus deditos unas cuantas más para saber cómo están sus valores de azúcar en sangre.

Por esas cosas que tiene la vida, apareció el Grupo La Loma en mi vida y, después de dudar mucho de tener el estado físico adecuado, la bicicleta indicada, etc, etc más, me animé a compartir con ellos una salida. Desde ese día los adopté, pero mejor aún, me sentí adoptada.

Cata me veía en los preparativos previos a cada salida y escuchaba con atención las anécdotas de esta mamá un poco torpe que no tiene equilibrio cuando va por los senderos finitos o que tiene que caminar empujando la bici cuando el viento en contra hace tanta fuerza que no te deja avanzar. Pero esta vez, era una salida para los 3!!!! Tanto era el entusiasmo que teníamos que registré como fecha de la salida el viernes 24, y hacia allí fuimos, al punto de encuentro. Grande fue nuestra sorpresa cuando no encontramos a nadie en el lugar. Al principio les dije que era muy temprano, luego empecé a dudar si el horario era el correcto. En fin, retornamos como quien quiere un helado y se encuentra con todas las heladerías cerradas (fuimos un día antes) Pero al día siguiente tendríamos la revancha, y sí aparecieron a los lejos las remeras amarillas características y las bicis cargadas. Las caritas de emoción e incertidumbre no sólo eran la de los chicos sino también de la mayoría de mamás y papás que escuchábamos con atención, las recomendaciones de nuestros guías: Jorge y Luis.

La partida no se hizo esperar y, en fila cual hormigas obreras, tomamos el asfalto hasta llegar a lo que sería la estrella del paseo: los caminos y senderos de tierra. Cada tramo ofrecía un entorno diferente. La tierra colorada por los ladrillos rotos, la vegetación tupida que nos obligaba a pasar caminando para esquivar las espinas de los arbustos, el canto rodado que nos hacía “derrapar” (término empleado por mi hijo para definir la situación de tener que mantener el equilibrio mientras las piedritas te hacían perder el control de la bici) Pero si a esto le faltaba emoción, la caída del sol, que además de teñir todo el entorno de una sombra muy particular, le agregó un condimento especial. Y así empezaron a aparecer como por arte de magia, las luces rojas que titilaban en la parte trasera de las bicis y las linternas que intentaban abrirnos caminos en medio de la oscuridad.

Pero si hasta acá les pareció interesante, no saben lo que el servicio meteorológico nos tenía preparado… Al principio pensamos que una multitud de fanáticos del turismo aventura, con sus cámaras fotográficas y sus poderosos flashes, nos esperaban más allá del horizonte, pero les aseguro que a más de un padre, se nos borró la sonrisa que traíamos como parte del equipaje. Por supuesto los chicos estaban fascinados como si protagonizaran una película de Steven Spielberg y ni registraban nuestra preocupación.

Cual visitante inesperado, se sumó la presencia de un viento furioso que voló sombreros, levanto una cortina de tierra que nubló el camino y movió la vegetación que nos rodeaba como si fueran los fantasmas del cuento de terror que Luis había prometido contar junto a la fogata del campamento. De ahí en más el silencio nos acompañó durante lo que nos quedaba de distancia hasta el pueblo. Todos estábamos concentrados en llegar lo más pronto posible y sólo se escuchaban palabras de aliento para los más cansados y algún que otro chiste para desviar la atención de los intimidantes relámpagos que alumbraban el cielo.

Por fin las lucecitas del pueblo aparecieron y la tan esperada almacén donde armaríamos nuestro esperado campamento. No me digan cómo pero, en el lapsus de media hora, todas las carpas estaban armadas, las bolsas de dormir dispuestas, las bicis atadas todas juntitas como si quisieran calentarse en esa noche tan fría. Las hamburguesas se quedaron con las ganas de participar, hubo que conformarse con algún que otro sándwich, porque la lluvia no quiso faltar al evento. Risas cómplices, pequeñas historias de la infancia, relato de aventuras de montañas, fue lo que se escuchó en el silencio del lugar. Poco a poco las carpas se fueron cerrando con el sonido característico que hacen los cierres, y se escucho la voz de Luis que, como padre protector, pidió silencio a los más trasnochadores para permitir el sueño de los pequeños.

La mañana vino acompañada de un cielo limpio y celeste que nada tenía que ver con la noche anterior. Mates que iban y venían, colchonetas que se enrollaban, carpas que se desplomaban, bicis que se empezaban a cargar, fotos de los chicos en los rincones más lindos del pueblo, la noticia del potrillo que había nacido la noche anterior y la tan esperada foto grupal hicieron que el tiempo volara y que la hora del retorno nos obligara a abandonar el escenario de nuestra aventura.

En el camino de regreso se notó que cada chico estaba un poquito más grande después de haber logrado superar los obstáculos que nos fueron sorprendiendo. Los papás estábamos orgullosos del esfuerzo de nuestros hijos, tranquilos de que todo resultó bien y con una sonrisa diferente, esa que tienen los niños, porque volvimos un poco el tiempo atrás y nos permitimos jugar y despojarnos de todas las armaduras que nos dan los años.

Nos despedimos y cada uno tomó un camino diferente. Y, en la soledad que nos acompañó hasta mi casa, Agustín se animó a decir que ahora era una mamá más divertida y Catalina, mi “Cata la dulce” me miró con una sonrisa cómplice que me demostró que agradecía el haber sido una nena más… Vale la pena, no?

Marcela

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Solo quiero agregar, un agradecimiento a Isabel, Normita, Juan Matías y a José por preocuparse en los momentos de la tormenta y por compartir parte de la noche, a Tita del almacén de Correas por su gran amabilidad, Un abrazo grande. Luis

2018-02-15T21:55:57+00:00 26 febrero, 2012|