Nocturna a Poblet

Seis y media de la tarde, una mancha policroma comienza a formarse. Se agranda constantemente tomando mil formas. De ella brota un murmullo, una mezcla de tonos graves y agudos, casi un coro improvisado entonando un canto alegre. De pronto, formando una línea, la mancha empieza a moverse, en ella los colores se entremezclan y el coro parece callar. Se mueve hacia lo oscuro y cuando casi no se divisa, un enjambre de luciérnagas la comienzan a iluminar.

Salida de noche, malabares de luces, un espectáculo sin igual.

Grupo La Loma, estoy empezando a quererte.

Rodolfo Abel Capparelli

_________________________

En busca de la Luz Mala

Estimulada la imaginación, entre los recuerdos de la infancia sobre fantásticas historias gauchescas de la “Luz Mala”, y la maravillosa presentación del anuncio de la salida en su búsqueda, realizada por el Grupo La Loma; una ves más, como ya es habitual, el grupo La Loma despertó en nosotros el irresistible deseo de salir a pedalear.

Sin conocer el destino de la salida, porque no se especificaba en la página web, pero confiando plenamente en la conducción del Grupo, me dispuse a preparar las bicis.

Este proceso previo de alistar el equipo, es creo, el comienzo de la salida. Pues al pensar en qué vamos a necesitar, tomar en cuenta el alimento, la bebida, el abrigo, preparar las luces, el equipo de mate, las caramañolas y demás accesorios, revisar el aire de los neumáticos y verificar el funcionamiento general de la máquina; ya comenzamos a recorrer los caminos con nuestra imaginación.

Bien, puntualmente a la hora señalada nos encontramos en el sitio indicado para el encuentro, donde Luis Vázquez, hombre fornido de edad indefinida, mirada profunda y la piel curtida por el Sol de incontables viajes; guía y director del Grupo La Loma, ya esperaba con los primeros viajeros.

Luego de amistosos saludos y comentarios varios mientras hacíamos tiempo para esperar a un querido integrante que llegaba con un pequeño retraso, a la luz del atardecer el Grupo se pone en marcha y comenzamos el viaje.

Lo primero que noto al recorrer la calle 131 para salir de la ciudad, es la dificultad que se presentaba para tomar fotografías a diferencia de las salidas habituales, por la escasa luz de día, que se iba diluyendo como una estela detrás de nuestras ruedas.

El Grupo venía con buen ánimo, se formaban pares de bicis para charlar en el camino, y contamos con la presencia de Agustín, un joven y valiente adolescente que hacía su primer salida con el Grupo.

Al llegar a la intersección de las calles 155 y 90, dimos un rodeo hacia nuestra izquierda, para retomar lo que creo es la calle 96. Siempre guiados por Luis y con Juan Matías cerrando el Grupo en el fondo, atravesamos un camino de tierra, donde la lluvia había estimulado bastante la vegetación silvestre, y hasta nos detuvimos ante unos árboles de Mora en libertad, donde algunos viajeros las degustaron. Ese camino dio a un campo desde el cual tuvimos una hermosa postal del atardecer. Este campo parecía sembrado, no pudimos determinar bien de qué. Lo que sí era muy bello la imagen simétrica de las plantas, de unos setenta centímetros de altura; pues habían quedado dos surcos paralelos como dos huellas de auto, por donde circulamos todos los ciclistas. Parecía que íbamos en unas pequeñas zanjas dentro del campo verde.

Salimos por una tranquera y retomamos un camino rural de tierra. Ya el atardecer arrastraba consigo las últimas luces. En este camino me retrasé hasta quedar en el final del grupo, y en una curva adelante, veo parado a un ciclista, cruzado sobre la calle transversal. Era Gustavo, que se quedó a marcar el camino, esperándome. Típico ejemplo de compañerismo y nobleza humana que caracteriza al Grupo La Loma. Le agradecí la gentileza, pues hubiese seguido tranquilamente por donde venía.

Seguimos rápidamente, con la incertidumbre jugueteando debajo de las ruedas, pues el camino se perdía en imágenes difusas entre sombras de distintos tonos.

Llegamos al cruce con la calle 167, que reconocí como la habitual que seguimos cuando vamos a Poblet, por donde termina el asfalto; momento en el cual Matías consideró oportuno encender su luz trasera. “¿Para qué?” – pensé yo – “si acá sólo andamos nosotros”. Seguimos derecho por lo que sería la calle 612, que desemboca en la ruta 36. Un hermoso camino, bastante parejo, donde comenzamos a oír los primeros sonidos del campo nocturno y donde el aire comenzó a refrescar. Cruzamos la ruta, encontrando del otro lado al contingente que esperaba a que nos reuniéramos todos para continuar. Retomamos el camino de tierra moviéndonos de a dos bicicletas juntas, una al lado de la otra; y se generó una hermosa y sugestiva imagen al ver el pelotón desde atrás con sus luces rojas encendidas, titilantes y en movimiento, en medio de la oscuridad que se había tragado los últimos vestigios de luz diurna. Comprendí la importancia, más allá del efecto estético, de las palabras que me resonaron antes con Matías. En la oscuridad del campo nocturno, las luces traseras nos permiten medir la distancia con el compañero que va delante; y las luces delanteras, además de alumbrarnos el camino, permiten que veamos a nuestros compañeros que vienen detrás o que dejaron de hacerlo.

Al poco de andar, Luis Vázquez se detiene en medio del camino. Alza la mono en señal de que se detengan todos. Pide que se apaguen todas las luces de las montan.

– ¿Qué pasa? – Era la pregunta que se propagaba de un ciclista a otro, recorriendo todo el grupo.

– Observen – dijo Luis – esto ya no se ve en la ciudad…

Un maravilloso espectáculo de bichitos de luz titilando por todos lados en medio de la oscuridad!! Encendiendo y apagándose aleatoriamente a nuestro alrededor, transformando la oscuridad en una primorosa manifestación creativa! Algo que no veía desde hacía muchos años, desde mi niñez.

Así continuamos un extenso recorrido rural, donde se produjo un efecto especial y propio de estas salidas, que es como una mágica transformación del entorno, como pasar a una dimensión diferente. Comenzamos a pedalear sin visión del terreno, al menos en mi caso que no tenía una linterna apropiada, y experimentaba las variaciones del camino por el movimiento repentino que daba la bici, adaptándome a las subidas y bajadas, y tratando de salir rápido de las huellas que no veía venir. Era algo asombroso! El camino se manifestaba a través de la bicicleta, casi sin el sentido visual! En estos momentos el aire refrescó un poco más.

Venía charlando con mi amigo Marcelo Toscani de cosas importantes de la vida, cuando al escuchar las indicativas de Juan Matías sobre qué curvas tomar, hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para seguir al pelotón que se nos había alejado un poco; nos miramos con Marcelo y no pudimos menos que sorprendernos del conocimiento del terreno que tenían él y Luis; ya que para nosotros era todo campo traviesa, y un árbol oscuro igual a cualquier otro árbol oscuro.

La experiencia por este camino fue hermosa! Hasta que luego de una curva a nuestra izquierda, distinguimos la antena con su luz roja en lo alto, y las luces de la ruta 36 que iluminan el almacén de Poblet, objetivo hacia donde nos dirijíamos.

Llegamos al almacén de Poblet!

En medio de un ambiente de alegría generalizada, desmontamos de las bicis y nos dispusimos a acomodarnos en las mesas para preparar unos merecidos mates. Y allí, en medio de los árboles del paraje, escudriñando la espesura del camino por el que veníamos, mate en mano estaban María de los Angeles y su esposo Daniel, esperándonos! Habían llegado unos minutos antes por el camino tradicional.

Compartimos mates calientes, otros no tanto, galletitas, sándwiches, anécdotas sobre Luces Malas que van y vienen, pero que en esta noche no se animaron a aparecer; y una promesa de Luis de mostrarnos una extraña fotografía que tomaron en aquél lugar en quién sabe qué fecha, donde sobre el pie de cemento de un banco aparece Charly García, con bigote y todo. Ya veremos. . .

Entre risa y alegorías, tratamos de poner orden para tomar la fotografía grupal y emprender el regreso. Al final la camarita se portó y pudimos tomar la foto del Grupo, luego de lo cual comenzamos la marcha hacia La Plata.

Un retorno tranquilo por un camino conocido, que nos sorprendió con el canto multitudinario de ranas a la vera del mismo; otra cosa perdida en la ciudad. También notamos como al acercarnos a La Plata aumentaba sensiblemente la temperatura ambiente.

La metrópolis nos recibió en calle 66, desde la calle 167 por la cual veníamos, con la tranquilidad que antecede a una noche de feriado.

El grupo se fue despidiendo y separando según la comodidad de cada uno por las calles que recorríamos. Se alejaron Matías, María de los Angeles y Daniel. Seguimos Miri, Gustavo, Sebastian, Cecilia y quien escribe, compartiendo el camino hasta el final, hasta que cada uno fue tomando su propio rumbo.

Llegamos a las 23,30 hs. con la satisfacción plena que deja la aventura, la tranquilidad de no cruzarnos con la “Luz Mala” (porque en definitiva uno nunca sabe…), y la alegría de haberla compartido una ves más con nuestro querido Grupo La Loma!

Muchas Gracias.

Daniel Matías

2019-06-10T17:28:06+00:00 18 noviembre, 2010|